El mate, enemigo del pensamiento
Filosofía latinoamericana en Mendoza
por Tomás Abraham
Un grupo de investigadores y profesores de filosofía me invitó a dar una disertación con motivo de mi visita para la Feria del Libro en Mendoza, por iniciativa de la secretaría de Cultura. Creo que debieron oblar una parte de la alícuota de mi sustento: una de las noches del Hotel más un almuerzo.
Habíamos quedado en que haríamos para la ocasión vespertina una conversación informal. La bella profesora que me esperó en el aeropuerto amablemente me deslizó que poco y nada conocía de mi labor, que había visitado la noche anterior mi página digital, pero que la supervisora en ejercicio que dirigía el departamento subsidiario del Conicet sí sabía de mí.
No pregunté más. Es frecuente que me tomen por otra persona que, a pesar de no dejar de ser yo mismo, no es realmente mi yo el apuntado. Escribo mucho, de temas variados, en años sobre un mismo ítem puedo llegar a expresar posiciones disímiles, y es posible que inviten al articulista que firma con mi nombre, o al entrevistado televisivo que tiene mi cara, y que cuando lo tengan en vivo y en directo, sufran un fuerte impacto al escuchar opiniones aparentemente contrarias a las esperadas.
Por eso no pregunto por qué me invitan, me considero agasajado aunque sé que no habrá una segunda invitación. Hasta ahora esta regla se ha cumplido casi siempre. No hay retorno, y sí malentendidos.
Les cuesta entender el funcionamiento de un pensamiento estratégico, para decirlo con cierta pedantería.
A veces el equívoco funciona bien. Hace unos años, la juventud socialista que realizaba un congreso nacional en San Luis me invitó a dar una charla. Jamás había visto en mi vida a un joven socialista, creía que se comenzaba a ser socialista democrático después de los cuarenta. Ellos sí me adelantaron que habían leído un artículo periodístico en el que había sostenido la gratuidad de la enseñanza y el ingreso irrestricto a la universidad. Confieso que fui deshonesto, no les dije nada de otras notas en que les mandaba a pagar una cuota a los estudiantes y proponía cupos.
Al llegar me presentaron a dirigentes del socialismo, entre ellos Hermes Binner. Tuvimos un almuerzo, en el que un grupo destacado de jóvenes líderes pidieron parrilladas completas mientras nosotros, Binner, yo, algún otro veterano, merluza a la plancha con ensalada verde. Una vergüenza, recuerdo que me reía de nuestros platos.
Sé que durante la comida manifesté algo de mi escepticismo respecto del democratismo y de las críticas al gobierno que escuchaba en la mesa. Pero por algún motivo, Hermes dijo que quería escuchar mi disertación de la noche. Se hacía en un campamento alejado de la ciudad, en el que los muchachos socialistas pasaban un fin de semana con sus fogones, guitarreadas, y talleres de derechos humanos.
Eran unos cientos que se agolparon bajo un techo para escucharme. Y, a capella, durante dos horas y media, les mandé una filípica sobre los deberes del joven militante, de todo lo que tenían que estudiar, de la complejidad del mundo, de la vacuidad de hablar todo el tiempo de derechos como si ellos no tuvieran nada que poner, del lujo hipócrita que implica tener una universidad gratuita con profesores ad honorem, de los deberes del buen profesional, en suma, un fiasco juvenil, que agradó a Hermes e inició nuestra amistad.
Esta vez, en Mendoza, fue distinto. Fuimos a almorzar, nuevamente un par de bellas y jóvenes profesoras –lo subrayo ya que en el gremio no es lo más habitual–, un simpático profesor y la directora. Todo amable, dicharachero, con buen vino mendocino pero medido para evitar siestas prolongadas, y quedamos en que me pasaban a buscar a la tarde para llevarme al matadero.
Es una broma, era un confortable recinto en donde no había casi nadie, con una larga mesa que poco a poco y a duras penas se fue llenando mientras traían el mate. A mí el mate me mata, me deprime, es la bebida menos filosófica que existe, llenarse la panza con agua caliente, sí ya sé, he dado clases en el Uruguay, todo el mundo chupando, con ruidos a sorbos corales, dan ganas de meterles cicuta en la yerba para que sepan lo que es el pensamiento socrático.
En fin, no me preguntaban nada, comencé solo, sin conversación. Yo siempre arranco en cuarta, es el pánico contraefectuado –al decir del maestro Deleuze– cuando comienzan a bombillear yo ya di tres vueltas al circuito. Hablé de la combinación de estudios filosóficos, observación de costumbres, análisis político, de qué es interpelar el presente, de la antropología de la vida cotidiana, del género del ensayo y de los efectos de la escritura de Kierkegaard y Nietzsche para la filosofía contemporánea.
Nadie dijo nada, me miraban y mateaban, creo que había bizcochos, otro veneno farináceo. Finalmente, luego de un buen rato, la supervisora me preguntó qué opinaba de la filosofía latinoamericana que ellos desarrollaban según las enseñanzas de su mentor el doctor Arturo Roig, le contesté que no podía opinar sobre algo que no existía. Insistieron recalcando la importancia de Alberdi, Martí, del filósofo Krausse en el pensamiento del continente, les dije que ellos no podían salir del siglo XIX y que a mí me gustaba el XXI.
Se detuvo el mundo hasta que alguien quiso contemporizar y me preguntó mi opinión sobre la filosofía para niños, otra especialidad del grupo de investigadores, respondí que era una perversión, que los griegos con sus travesuras pedófilas me parecían más honestos.
En síntesis, ahí en el campus distante de cualquier vecindario tuve alguna dificultad en ser llevado al hotel, cené solo, en un tenedor libre repleto de la calle San Martín, se llama Tío Pepe, en el que matrimonios aburridos, chicos correteando entre las mesas, Campanellis panzones y, aunque usted no lo crea, un admirable cantor de boleros circulando entre las mesas, asistido por comensales felices con su karaoke, amenizaron mi botella de tinto.
Posdata: al día siguiente, luego de mi charla en la Feria del Libro, dos muchachos que se habían infiltrado en el encuentro filosófico de la jornada anterior, un estudiante de secundaria de 18 y otro estudiante de enología de 19 años, pasaron por el hotel para invitarme a cenar y a tomar una copas."